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MENSAJE DEL RECTOR


Comienzo la encomienda como Rector de la Universidad Pontificia de México con mucha emoción, por todo lo que significa esta Institución en la historia de la Iglesia mexicana y en la cultura de nuestro país a través de los siglos, si bien apenas nos acercamos a los 30 años de su reapertura acorde a los nuevos tiempos de México y de la Iglesia.

Comienzo también esta misión con un gran sentimiento de gratitud, en primer lugar a Dios, nuestro Padre, que en su providencia va señalando nuestros caminos y va marcando los tiempos oportunos para el desempeño de nuestro servicio. Todos somos solo servidores, el único Maestro es Jesús, Él es la Palabra que ilumina, que da vida y que nos envía a dar testimonio de la Verdad. Este sentimiento de gratitud a Dios se convierte también en confianza porque nunca nos deja solos cuando nos envía, nos da siempre el don de su Espíritu en medio de nuestras limitaciones personales.

Mi gratitud también se dirige a nuestros obispos mexicanos, comenzando por el Señor Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Gran Canciller de la Universidad y El Señor Arzobispo Carlos Aguiar Retes Vice Gran Canciller, junto a Mons. Alfonso Cortés quien preside la Comisión transitoria, por la confianza depositada en mi persona al encomendarme esta gran obra del episcopado mexicano.

La Universidad es de la Iglesia de México, y debe estar al servicio de toda nuestra realidad eclesial, diocesanos, religiosos, religiosas y laicos. Es una institución bajo la responsabilidad de nuestros pastores, pero abierta a la participación de todos los sectores de la Iglesia. Más aún, siendo una obra del episcopado, es en realidad de toda la Iglesia, tal como señalaba desde la antigüedad san Ignacio de Antioquía, allí donde está el obispo allí está la comunidad como donde está Cristo está la Iglesia católica.

También agradezco a la comunidad académica, profesores y alumnos que en su momento expresaron su opinión en las votaciones de consulta y de quienes he recibido muestras de amistad y apoyo para iniciar esta tarea. Esta universidad se construye con la colegialidad de maestros y alumnos que están en búsqueda inquieta y sincera de la ciencia. De aquellos que aman la sabiduría como verdaderos filósofos y de aquellos que buscan el conocimiento de Dios, principio de toda la realidad, como verdaderos teólogos y exégetas de su Palabra, de aquellos que buscan encontrar en las leyes el principio de la justicia del Reino de Dios, como verdaderos juristas; y en medio de todo esto, la memoria histórica que da cuenta de la Tradición que se renueva con la fidelidad al Evangelio de Jesucristo, y con la libertad para buscar nuevas formas de comprenderlo y vivirlo.

Finalmente, mi gratitud a quienes me acompañan y están cerca en todos los desafíos de la vida, mis hermanos, sus familias, y mis amigos. La familia en la que he nacido con el don de mis padres y la familia que Jesús nos da en el camino del sacerdocio.

Gracias a todos.

La Iglesia vive un momento de profunda revisión de su camino y su testimonio. El Concilio Vaticano II iniciado hace casi 50 años, es el punto de referencia obligado para reencontrar la fuerza del Espíritu y la novedad del Evangelio y para buscar la necesaria transformación de la vida cristiana. Es el tiempo de la Nueva Evangelización, es el tiempo de los laicos comprometidos y de los nuevos movimientos eclesiales, pero también es el tiempo de la marginalidad de la fe religiosa en la sociedad secular y de la pérdida del sentido de Dios en nuestra cultura, que está llevando a una profunda crisis moral.

Por una parte nos encontramos con el admirable progreso de la ciencia y la tecnología que muestra la grandeza del ser humano, pero por otra parte, hemos experimentado el nacimiento de infinidad de ideologías de distintos signos, que coinciden en su obstinación de cancelar el horizonte de la trascendencia para la realización humana. Mientras más se agranda la capacidad de observación del hombre sobre el universo, más pequeña es la concepción que se tiene del mismo ser humano. Paradójicamente mientras más crece la ciencia humana, paralelamente desaparece la experiencia de Dios. ¿Puede seguir habiendo creyentes, se preguntan los agnósticos, en el siglo de la ciencia y del dominio tecnológico? El Papa Pablo VI afirmaba que el drama de nuestro tiempo es la separación entre fe y vida; en realidad el drama hoy es más profundo, se ha ido eliminando de la vida la fe.

¿Qué significa en este contexto una Universidad Pontificia? ¿Tiene sentido una institución que se ocupa de la experiencia de Dios, en un mundo que ya no cree en Él? ¿Hay futuro para una ciencia que busca comprender al hombre y a la mujer desde la dignidad de ser personas a imagen y semejanza de Dios cuándo la ciencia humana trata de convencernos que solo somos imagen y semejanza del mundo material? La respuesta en nuestro mundo secularizado ya está dada: En las grandes universidades, como la de nuestro propio país, que se conoce autónoma y nacional, han erradicado la teología como no ciencia, como no conocimiento, como no necesaria, como no relevante. Una nueva paradoja: las universidades que nacieron en los tiempos medievales gracias a la teología, hoy quieren vivir gracias a la negación de la misma teología.

Y sin embargo el espíritu es el que da la vida (cf 2Cor 3,6). Podríamos parafrasear aquella famosa frase atribuida a Galileo Galilei: “e pur su muove”. Mientras que las ideologías materialistas tratan de aniquilar la realidad del espíritu humano, el espíritu sigue vivo, la inteligencia se manifiesta como expresión del mismo espíritu, sin el cual no puede desarrollarse ni la ciencia, ni el arte, ni la técnica, ni manifestación cultural alguna. Más aún, a pesar de las ideologías reduccionistas y materialistas, el corazón del hombre sigue anhelando horizontes diferentes, marcados por la necesidad de amar y ser amados, de encontrar el sentido de la vida y no solo el tamaño, el peso o el volumen de la universo material.

“Por mi raza hablará el espíritu” dice paradójicamente el lema de la universidad donde algunos no reconocen las ciencias sobre el espíritu. Aquí es donde podemos reencontrarnos en un gran espacio de diálogo, para dar respuesta a la realidad del hombre que va mucho más allá de sus logros materiales. El Espíritu (con mayúscula), ha dicho Jesús, los llevará a la verdad completa” (Jn 16,13). La verdad se muestra en esta realidad inmediata que contemplamos, pero la verdad completa no termina en esta realidad, es allí donde adquiere sentido la propuesta de la antropología y la teología cristiana. No hay contraposición entre la ciencia y la fe advirtió incesantemente el Papa Juan Pablo II, solo quién conoce a Dios, puede conocer la realidad, afirma Benedicto XVI, porque la realidad es Dios y toda realidad se funda en Él. Este es el gran desafío de la Iglesia hoy: el diálogo cultural que le permita hacer comprender el Evangelio ante las nuevas categorías científicas. Que podamos comprender y explicar la Escritura a la luz de una hermenéutica sustentada en los hallazgos científicos, sin restar el valor de las afirmaciones sapienciales sobre el universo y el ser humano. La universidad debe ser un espacio de ciencia, de diálogo con la cultura, de conocimiento profundo del hombre y de experiencia auténtica de Dios.

Si la Iglesia es necesaria al mundo en su camino de salvación, la universidad eclesial es necesaria a la cultura para alcanzar la plenitud de la verdad. No debe haber arrogancia en esta afirmación, ni falsas pretensiones: el camino de la verdad es camino de sencillez, de servicio, de propuesta, de iluminación. Más que discusiones estridentes, necesitamos mostrar la alegría de la fe, la solidez de la ciencia teológica, la profundidad de la filosofía cristiana.

Por otra parte, nuestro mundo está marcado siempre por el dolor. Dolor por la injusticia, por nuestras distintas limitaciones, por la enfermedad, por la violencia y, finalmente, por la muerte. Lo que vivimos en nuestro país adquiere niveles indignantes, por la extensión de la pobreza y la violencia inhumana y absurda de la delincuencia. No bastan nuestras estrategias humanas para superar el mal; no basta el ejercicio político para resolver los problemas del mundo; no basta la ciencia para superar el dolor. La humanidad necesita la respuesta del Evangelio, nuestra sociedad necesita la interlocución y el testimonio de la Iglesia. Es aquí también un espacio de la universidad para hacer presente la voz de la antropología cristiana en los grandes debates culturales, políticos y sociales de nuestro tiempo, y el testimonio comprometido ante el dolor del mundo. Es aquí donde resalta la feliz coincidencia de celebrar este momento en el Tepeyac, junto a María de Guadalupe que ha marcado con su presencia la vida, la fe y la cultura de todo nuestro pueblo y nuestra historia, desde antes del inicio de la universidad y sin interrupción alguna en casi cinco siglos.

Son muchos los desafíos de nuestra universidad. En ocasiones solo pensamos en el número de personas que la formamos o en la cantidad de recursos con los que contamos. En realidad los desafíos son otros mayores. Debemos mirar con una gran confianza el presente y con gran esperanza el futuro, nos dice Benedicto XVI, porque el Señor Jesús nunca deja a su Iglesia sin su Espíritu… “busca el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se te dará por añadidura” (Mt 6,33), nos ha dicho Jesús.

Dr. Mario Ángel Flores Ramos

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